
Hubo un tiempo en que el paisaje quedó en silencio dentro de mí. No porque hubiera desaparecido, sino porque el acto de mirar requiere una disposición que no siempre está disponible. A veces la mirada se repliega, no como pérdida, sino como descanso. Y en ese intervalo, uno aprende que no todo amanecer necesita ser fotografiado para existir.
Volver al lago de Camécuaro fue regresar a un lugar que nunca se fue. El agua seguía ahí, sosteniendo el cielo con la misma calma, los árboles aún inclinados sobre el reflejo del tiempo. Pero yo era otro. Y eso cambia todo. Porque el paisaje no se repite: se reencuentra. Y cada reencuentro tiene la profundidad exacta de quien vuelve a mirar.
Este amanecer no ocurrió de golpe. Se fue revelando despacio, como se revelan las certezas verdaderas. La luz no irrumpió; insinuó. La niebla no ocultó; protegió. Todo parecía decir que la belleza no está en lo evidente, sino en lo que se ofrece solo a quien sabe esperar. Fotografiar fue, más que un acto técnico, un gesto de escucha.
Amar la fotografía de paisaje es aceptar que no somos protagonistas. Que el mundo no posa para nosotros. Que el momento sucede con o sin nuestra presencia. Y aun así, elegimos estar ahí. Elegimos quedarnos quietos, observar, y agradecer. Porque hay lugares que no nos pertenecen, pero nos transforman.
Este nuevo amanecer no fue un regreso al pasado, sino una confirmación: la relación con el paisaje no se mide en imágenes logradas, sino en la capacidad de volver… con humildad, con silencio, y con la mirada abierta.
“Lago de Camécuaro”
Michoacán, México.
Nikon D850 f/8 0.8seg ISO64 16mm
Tokina opera 16-28mm F2.8 FF
© Amhed Betancourt