
Éramos dos frente al amanecer.
La garza… y yo.
Ella llegó primero, como lo hacen siempre quienes conocen el lenguaje del agua y del silencio. Inmóvil sobre la orilla, su figura se recortaba contra la luz naciente, mientras el lago despertaba lentamente. Yo llegué después, con la cámara al hombro y la conciencia de que el amanecer no se conquista: se acompaña.
Ella leía el pulso del agua, las sombras mínimas, el movimiento casi imperceptible de la vida bajo la superficie. Yo leía la luz, su temperatura, la forma en que el día comenzaba a escribir sus primeras líneas sobre el paisaje. No había competencia ni urgencia. Solo presencia.
En esos momentos se entiende que la naturaleza no se ofrece como espectáculo. No posa, no se repite, no espera. Simplemente es. Y quien se acerca con respeto, sin imponer su tiempo ni su ruido, puede coincidir con ella por un instante. Fotografiar, entonces, deja de ser un acto técnico y se convierte en un ejercicio de escucha.
Mientras el sol ascendía, comprendí que no estaba allí para capturar a la garza, sino para coincidir con su forma de habitar el amanecer. Ella no ignoraba mi presencia, pero tampoco la necesitaba. Yo, en cambio, sí necesitaba ese encuentro para recordar por qué sigo regresando al campo una y otra vez: para aprender a mirar sin poseer.
Hubo un momento en que dejé de pensar en el encuadre y en el disparo. La cámara descansó entre mis manos y la escena se sostuvo por sí misma. La garza permanecía atenta, yo permanecía atento. Ambos contemplábamos el nacimiento del día desde lugares distintos, pero con la misma calma.
Al final, presioné el obturador, no para apropiarme del instante, sino para dar testimonio de él. Porque algunas fotografías no buscan mostrar lo que vimos, sino recordar cómo estuvimos allí.
Y en ese amanecer, por un breve y perfecto momento, fuimos dos los que lo disfrutamos:
la garza… y yo.
© Amhed Betancourt
Fotógrafo de Naturaleza.